miércoles, 14 de febrero de 2018

14 curiosidades de insectos enamorados [Especial San Valentín]

Llegó el famoso Día de los enamorados, el 14 de febrero, y en esta semana llena de celebraciones no podíamos dejar de hablar del amor, evidentemente desde el punto de vista de los animales. El año pasado hablamos de monogamia, y hace tres el tema fue el enamoramiento animal, hoy nos centraremos en los insectos y en algunas de las estrategias y armas que usan en el juego del amor.

Amor entre libélulas. Fuente




Quiero comenzar haciendo la aclaración de que en los insectos no podemos usar el termino amor del mismo modo que lo hacemos en los humanos, pero está claro que, como otros animales, estos seres realizan todo tipo de actividades relacionadas con el hecho de encontrar a su pareja: hay luchas, canciones de amor, cortejos, regalos de San Valentín y todo tipo de dramas para llevar a cabo sus hazañas románticas. Detrás de todo esto se encuentra el interés intrínseco de perpetuar los genes propios, que terminan por perpetuar a las especies, siendo el objetivo final la reproducción. Al igual que en otras especies animales, en los insectos también se da la búsqueda o atracción de la pareja sexual; el cortejo, más o menos complicado para conseguir el acercamiento; la cópula; y en algunos casos incluso se dan comportamientos post-copulatorios. 

Los insectos tienen reproducción sexual, lo que quiere decir que hacen falta individuos de los dos sexos para que se realice la transmisión de los genes a la siguiente generación. Para ello, los machos tienen que transferir su esperma al tracto reproductor de las hembras, asegurando la fecundación de los óvulos que dará lugar a la formación de los huevos que conformarán la futura puesta. En muchos casos no es necesario ni siquiera que haya cópula para que esto ocurra.

#1. Sexo a distancia. En el caso de insectos primitivos, como los colémbolos y tisanuros, que no disponen de alas, los machos depositan su esperma sobre la superficie del suelo, donde es encontrado por una hembra que se lo introduce en el interior de su tracto reproductivo, por lo que estamos ante un ejemplo de reproducción sexual sin cópula. En estos casos, los machos liberan una estructura llamada espermatóforo, que no es más que un paquete de esperma generado por las secreciones de las glándulas accesorias de su aparato reproductor, recubierto de una película lipoproteica que evita su desecación. Es posible que se trate de un paso intermedio entre la reproducción en el medio acuático propia de otros organismos que libera el esperma al agua sin riesgo a desecarse, y la reproducción en el medio terrestre, independiente del agua. La fecundación interna se considera una adaptación al medio terrestre. La producción de espermatóforos se da, además de en los colémbolos y tisanuros, en otros grupos como los miriápodos, dipluros y proturos (que no son insectos, pero son grupos de artrópodos cercanos a ellos), arcqueognatos o pececillos de cobre, zigentomas (que son los antiguos tisanuros o pececillos de plata), ortópteros donde se incluyen los saltamontes y grillos, los psocópteros o piojos de los libros, los coleópteros o escarabajos, los neurópteros o crisopas, los mecópteros o moscas escorpión y los himenópteros, grupo donde están las hormigas, abejas, avispas... 

Saltamontes dejando su espermatóforo. Fuente

#2. Regalos de boda. Algunos insectos con fecundación interna y que realizan la cópula, aún conservan la información genética para producir espermatóforos, derivado del tipo de reproducción comentado anteriormente. En estos casos es el propio macho quien introduce él mismo dicha estructura en el aparato reproductor de la hembra, que la aprovechará como fuente adicional de nutrientes para la formación de los huevos. Muchas veces el macho usa estos espermatóforos como regalo nupcial, que la hembra aprovechará en forma de nutrientes. Los espermatóforos, o una parte de éstos, pueden servir de alimento para la hembra o también formar un tapón copulatorio, evitando así que otros machos puedan transmitir sus genes o al menos dar tiempo suficiente para que su esperma llegue a fecundar los óvulos. Estas estructuras del macho pueden ser tan importantes en el interior del cuerpo de la hembra, que pueden estimular en algunas especies, el comportamiento de nidificación. En algunos casos, el regalo nupcial es fundamental para llevar a cabo una cópula segura, por ejemplo en especies predadoras, donde el cortejo, junto con algún obsequio comestible pueden distraer a la hembra mientras que él consigue aparearse. Ejemplos de esto lo encontramos en los machos de las moscas de la familia Empididae.

Macho de mosca copulando mientras la hembra se distrae con su regalo nupcial. Fuente

#3. Perder la cabeza por amor. Un ejemplo extremo de los regalos nupciales que comentábamos antes lo encontramos en las mantis religiosas, donde el propio macho entero, o parte de él, se entregan como ofrenda comestible, mientras se produce la cópula y la inseminación. Este canibalismo romántico tiene su explicación en que las proteínas aportadas por el macho pasan directamente a formar parte de los huevos que pondrá la hembra. Pero no es solo una cuestión de alimentación, ya que los machos que pierden la cabeza, que es la primera parte del cuerpo que devora su compañera, serán más efectivos en la fecundación y transmisión de su propio esperma, ya que los centros inhibidores de la copulación se encuentran en la cabeza. El macho decapitado se convierte literalmente en una máquina de "hacer el amor" y durará más tiempo en el acto de la cópula que el macho con cabeza. Se sabe que el macho puede incluso sobrevivir horas sin cabeza, e incluso algunos días, aunque evidentemente no puede alimentarse, pero sí copular durante ese tiempo. Sin duda es una estrategia bastante macabra, digna de Halloween o de una película de terror, pero bastante efectiva a la hora de transmitir la herencia genética a la siguiente generación. El macho decapitado se convierte en el macho ganador en la carrera genética, porque se asegura que las crías lleven sus genes. Pero no penséis que son los únicos sádicos del grupo de los insectos, puesto que en la especie Serromyia femorata la hembra chupa y sorbe al macho; cuando se separan solo queda la cutícula o exoesqueleto, el resto ha sido devorado por la hembra. 

Macho de mantis copulando sin cabeza. Fuente

#4. Señales de amor. El comportamiento reproductor es muy complejo y la evolución ha trabajado de maneras insospechadas, para conseguir adaptaciones de todo tipo en las diferentes especies de insectos que implican el uso de una gran variedad de estímulos y señales de todo tipo que ayudan a atraer y localizar a las futuras parejas. Entre estos estímulos nos encontramos señales visuales, olfatorios, auditivos y táctiles. Los insectos de vida diurna realizan movimientos para atraer a sus parejas, o tienen formas y colores llamativos. Todo esto se incluye en los llamados cortejos prenupciales, que son una serie de aptitudes o colores que generalmente no se manifiestan o están escondidos, o una serie de movimientos que se realizan de una manera muy estricta, de tal modo que si se equivocan en su ejecución, la pareja puede ser rechazada. Son estímulos visuales y a veces son realmente complicados. La forma y los colores son importantes atractivos sexuales en muchos grupos de lepidópteros (mariposas), odonatos (libélulas) y coleópteros (escarabajos). En algunos dípteros (moscas) hacen falta solo unos cuantos movimientos específicos para que un individuo reconozca a los del otro sexo que se mueven frente a ellos, pero donde claramente son efectivas las señales visuales es en los insectos nocturnos que utilizan la bioluminiscencia. El ejemplo más conocido es el de los lampíridos, las luciérnagas, que pueden producir luz en la parte posterior de su abdomen. Mediante señales luminosas específicas son capaces de ubicar y reconocer a individuos de otro sexo. Las hembras, posadas en algún lugar específico emiten luz para avisar a los machos de su posición, mientras que estos producen señales de aviso de que están llegando hacia la posición de éstas. En la Península Ibérica nos encontramos con el grupo de luciérnagas del género Lapyridae, en el que solo las hembras tienen capacidad bioluminiscente, pero en los zonas tropicales son muy abundantes este tipo de insectos que emiten luz. En esos casos, es bastante común que la longitud de onda y las cantidades de luz emitidas, varíen entre las diferentes especies, de manera que no se confundan entre sí, y los individuos de las mismas especies puedan reconocerse.

Luciérnaga. Fuente

#5. La química del amor. Las feromonas son estímulos olfativos, sustancias químicas, particulares para cada especie, que pueden ser reconocidas a grandes distancias. Las feromonas sexuales producidas por las hembras de algunas mariposas pueden ser detectadas por machos situados a distancias de hasta 3 o 4 km. Pero algunas tienen una capacidad olfatoria increíble: por ejemplo las mariposas del género Saturnidae que son capaces de detectar la presencia de una hembra a unos once kilómetros de distancia. Las antenas cuentan con estructuras para detectar feromonas, siendo a veces tan complejas como las de las mariposas nocturnas. Las estructuras en las que se suelen producir estas sustancias se encuentran en el proctodeo, la parte final del aparato digestivo. Las feromonas se producen en multitud de grupos, como los dictiópteros, coleópteros, isópteros, himenópteros y lepidópteros. En el caso de los machos, no es nada habitual que produzcan feromonas, salvo en contadas excepciones, como es el caso de los mecópteros. Las feromonas son tan potentes que en algunos lepidópteros son capaces de provocar el apareamiento de ciertos individuos con objetos impregnados de estas, como pequeñas piezas de corcho o madera. En este caso se cumple la premisa de que "El amor es ciego". Las hembras también buscan donde ovopositar sus huevos, normalmente una planta con un olor característico, que suelen marcar químicamente para que otra hembra no venga a depositar sus huevos a la misma.

Mariposas atlas copulando. Fuente

#6. El perfume del amor.
Los escarabajos peloteros se reúnen en torno al estiércol, que actúa como un "perfume” bastante atractivo para ellos, lo que facilitará los encuentros sexuales entre individuos de ambos sexos. Algunos de estos escarabajos son capaces de separar una cantidad de estiércol que rodarán lejos de la masa para usarlo así como atractivo para su futura paraje. A su vez, este comportamiento de rodaje también actúa como señal sexual de reconocimiento y aceptación. Mas adelante esta bola también servirá de alimento a sus crías. Es bastante habitual que los insectos aprovechan la oportunidad de encontrar pareja reuniéndose en un mismo lugar, sobre todo en torno a su fuente de alimentación. Lo llamativo del caso de los escarabajos peloteros es el tipo de sustancia que los atrae y los reune: el estiércol.

El amor en torno al estiercol. Fuente

#7. ¿A qué suena el amor? El sonido es otro de los estímulos usados por algunos machos de insectos, como es el caso de los grillos o algunas especies de saltamontes, o las conocidas cigarras. Estos animales producen estridulaciones, que son como chirridos característicos que producen frotando sus patas posteriores contra sus alas o abdomen. Pero los insectos también pueden producir sonidos no audibles por los seres humanos. Por ejemplo, los machos de la familia Chloropidae, una familia de dípteros, golpean los tallos de las plantas para producir un sonido que atrae a las hembras. Un sonido perfectamente audible por nosotros, como el molesto zumbido de los mosquitos es diferente en distintas especies, lo que permite a cada pareja reconocerse entre otros individuos. Dentro de un enjambre de miles individuos, los mosquitos de la familia de los trichocéridos son capaces de emparejarse encontrando al respectivo macho o a la hembra por el sonido del zumbido de sus alas. 

Moscas de la familia Chloropidae copulando. Fuente

#8. Apareamiento controlado. La receptividad de las hembras es otro concepto a tener en cuenta en el mundo del amor entre insectos. Las hembras vírgenes están más o menos receptivas según la madurez de los óvulos, que depende de un control hormonal. Una hembra se puede aparear varias veces a lo largo de su vida en determinadas especies de insectos, pero después de la cópula ya no están receptivas para otros machos, debido al control que ejerce el propio esperma del macho en el control y la regulación hormonal de la hembra. Es un control químico mediado por las sustancias que acompañan a los espermatozoides introducidos en el macho, que pueden almacenarse en una espermateca, estructura dentro del cuerpo de la hembra que sirven para contener a los gametos masculinos durante cierto tiempo, hasta que se liberan para poder fecundar a los óvulos.

Espermateca de la abeja reina. Fuente

#9. Amor en la intimidad. Las condiciones ambientales también pueden controlar que ocurran o no las copulas entre insectos, puesto que algunos necesitan cierta iluminación para desencadenar las conductas reproductivas, y por lo tanto solo se aparean a determinadas horas del día o de la noche. Hay especies que requieren lugares realmente oscuros, o con una temperatura ambiental, o una humedad del aire o del suelo determinadas. La primavera y el verano, son estaciones propicias en las que se dan muchas de estas condiciones ambientales necesarias para la reproducción de muchos artrópodos.

Mantis copulando de noche. Fuente

#10. Amor exclusivo. La competencia en algunos insectos es tanta que algunos machos son capaces de retirar el esperma de otros machos que han copulado previamente con una hembra. Es el caso de los odonatos, como las libélulas y caballitos del diablo, donde el macho transfiere su esperma a un órgano copulador antes de llevar a cabo el apareamiento, busca una hembra y, en vuelo, la agarra por cabeza o tórax, sujetándola hasta que logra transferir sus espermatozoides, para lo cual previamente habrá retirado el esperma que cualquier otro macho hubiera depositado en el conducto genital de la hembra. El juego sucio está permitido cuando la transmisión de los propios genes a la descendencia está en juego, y aquí claramente se demuestra que "en el amor y en la guerra, todo vale".

Posturas imposibles en la cópula de dos libélulas. Fuente

#11. Una inyección de amor. Entre las formas poco ortodoxas de llevar a cabo la transmitión del material genético, como la que hemos visto en el párrafo anterior, nos encontramos el caso de las llamadas chinches de la cama, Cimex lectularius, un tipo de insecto hemíptero. Estos animales tienen como forma de transmisión del esperma por parte del macho hacia la hembra el clavar una estructura especializada en ello e inyectar literalmente los espermatozoides en la cavidad interna del cuerpo de la hembra, desde donde migran por su sistema circulatorio hasta una especie de espermateca, diferente a las nombradas anteriormente, especializada en almacenarlos. A este proceso se le llama inseminación hemocélica o traumática, por la brusquedad de su ejecución, pero a pesar del daño que pueda recibir la hembra, el esperma inyectado, también puede servir para proporcionar nutrientes a la hembra en caso de ausencia de alimentos. Estos insectos, al igual que hacemos nosotros los humanos, suelen escoger los dormitorios y las camas para llevar a cabo su acto amoroso.

Chinches de la cama copulando con todo lujo de detalles. Fuente

#12. ¿Eres muy infantil? ¿Tienes pareja? Pues no quiero nada contigo. Las hembras de los insectos suelen rechazar a los machos que no son reproductores, ya que en muchos casos presentan coloración o formas diferentes a las de los reproductores. El rechazo por parte de las machos sobre las hembras suele venir cuando estas están recién fecundadas, en algunas especies. Esto, junto que la hembra en este estado deja de interesarse en copular y empieza a pensar solo en comer, para estar repuestas para la puesta, evita que haya otros contactos sexuales.

En este caso claramente no ha habido rechazo por ninguno de los miembros de la pareja. Fuente


#13. Autoamor. La mayoría de los insectos necesitan de dos individuos, macho y hembra, ya que su tipo de reproducción se basa en la anfigonia, que se da en aquellas especies en las que se generan dos tipos de gametos que, cuando se fusionan dan lugar al embrión. En esta modalidad se enmarca también por ejemplo la sexualidad humana. La mayoría de insectos son unisexuales, es decir cada organismo desarrolla un solo tipo de gametos, y de hecho son muy pocas las especies hermafroditas, capaces de desarrollar los dos tipos, pero también las hay.  Algunos ejemplos nos los encontramos en el hemíptero Icerya purchasi, el plecóptero Perla marginata y algunas especies de dípteros de la familia Termitoxenidae. A pesar de la capacidad de poder fecundarse a sí mismos, en estos insectos se suele dar la fecundación cruzada. También se puede dar en los insectos la partenogénesis, que consiste en dar lugar a la descendencia a partir de óvulos sin fecundar. Aunque a este tipo de reproducción habitualmente se la tiende a clasificar como un tipo de reproducción asexual, es mucho más apropiado considerarla un tipo de reproducción sexual, ya que están implicados los gametos femeninos generados por meiosis en las hembras. Esta partenogénesis puede ser de varios tipos:

El extraño Icerya purchasi. Fuente

- Haploide o arrenotoca, que ocurre cuando los óvulos sin fecundar siempre generan machos y los fecundados, hembras. Los primeros tendrán la mitad de la información genética que los segundos. Es la que ocurre en algunos himenópteros, como las abejas, aunque también se da en coleópteros y en zigentoma. Este control del sexo, es clave en la evolución de las estructuras coloniales de insectos sociales como abejas, hormigas y termitas. 

- Diploide o telitoca, que es la que ocurre cuando los óvulos sin fecundar siempre dan lugar a hembras con la misma carga genética que la progenitora, es decir, son clones exactos. Se da en pulgones, cucarachas, cochinillas y en algunos escarabajos curculiónidos. Este tipo de partenogénesis tiene la potencialidad de generar una gran cantidad de descendencia en poco tiempo aunque evidentemente no hay variabilidad genética en esta descendencia. En los pulgones, las generaciones partenogenéticas alternan con las anfigónicas, lo que permite explosiones demográficas en momentos puntuales.

- Un tipo particular de partenogénesis es la pedogénesis, que se da cuando esto ocurre en estadios inmaduros, como larvas o pupas. En estos casos estas formas no maduras pueden generar descendencia. Ocurre en algunos dípteros y en una especie de escarabajo, Macromalthus debilis, entre otros. 

Macromalthus debilis. Fuente

#14. Quédate a mi lado, amor mío. Una vez realizada la copula y, si es posible, asegurada la fecundación, lo más habitual es que los machos se alejen de las hembras y cada uno siga por su lado, pero en algunos insectos, como los escarabajos peloteros, se quedan juntos, y los machos ayudan a la elaboración del nido. En otras especies se dan comportamientos en los que los machos se quedan junto a la hembra, pero en vez de ayudar a construir el nido, se limitan a realizar caricias con sus antenas, de un modo muy romántico y muy apropiado para terminar este post especial del 14 de febrero, Día de los enamorados, que como hemos visto, también podemos celebrar en el mundo de los insectos, como hemos hecho con esta recopilación de 14 curiosidades de insectos enamorados. 

¡Qué bonito es el amor! Fuente


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Referencias:

http://elmodernoprometeo.blogspot.com.es/2015/06/insectos-reproduccion.html
http://www.inecol.mx/inecol/index.php/es/ct-menu-item-25/ct-menu-item-27/166-la-vida-romantica-de-los-insectos
https://allyouneedisbiology.wordpress.com/2017/11/26/reproduccion-insectos/
http://revistas.ecosur.mx/ecofronteras/index.php/eco/article/view/930/923

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DEDICATORIA: Aunque a ella no le gusten nada, pero que nada de nada los insectos, aprovecho para dedicar este post a Macarena, con la que llevo ya unos cuantos años compartiendo mi vida y con la que espero seguir haciéndolo durante mucho tiempo más. ¡Feliz San Valentín!

Macarena y yo, junto a nuestra prole. 




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